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Adaptarse al cambio climático sin dejar a nadie atrás: el reto de una transición urbana equitativa

Adaptarse al cambio climático sin dejar a nadie atrás: el reto de una transición urbana equitativa
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Publicado en:

214. Cuarto Trimestre (2025)
NÚMERO 214


ARCHIVADO EN:

Urbanismo

18/02/2026

TEMAS

Urbanismo

Accesibilidad

Sostenibilidad

Por Ana Terra Amorim-Maia, investigadora postdoctoral en el BC3 Basque Centre for Climate Change.


Las ciudades están en la primera línea del cambio climático. Olas de calor más frecuentes e intensas, episodios de lluvia extrema, sequías prolongadas y el deterioro de la calidad ambiental afectan de manera directa al funcionamiento urbano y a los servicios municipales. Sin embargo, estos impactos no se distribuyen de forma equitativa: las personas y barrios más vulnerables suelen ser quienes más sufren las consecuencias y quienes cuentan con menos recursos para afrontarlas.

En este contexto, hablar de adaptación climática urbana implica ir más allá de respuestas de emergencia. Supone preguntarnos cómo se adaptan las ciudades a largo plazo a un clima cambiante sin profundizar desigualdades existentes, y qué papel juegan el urbanismo, los servicios públicos y los equipamientos municipales en este proceso. La adaptación no es solo una cuestión técnica, sino también social, política y territorial; representa, sobre todo, una oportunidad para repensar la ciudad desde una perspectiva más inclusiva, garantizando la protección frente a los riesgos climáticos y el derecho a la ciudad para todas las personas.

 

Hablar de adaptación climática urbana supone preguntarnos cómo se adaptan las ciudades a largo plazo a un clima cambiante sin profundizar desigualdades existentes

 

La adaptación climática como desafío urbano y social

Durante décadas, las políticas climáticas urbanas se han centrado principalmente en la mitigación: reducir emisiones, mejorar la eficiencia energética o fomentar la movilidad sostenible. Si bien estas acciones siguen siendo fundamentales, la realidad climática actual exige reforzar la adaptación, es decir, la capacidad de las ciudades para responder y ajustarse a impactos que ya son inevitables.

La adaptación urbana se manifiesta en múltiples ámbitos: planificación del espacio público, gestión del agua, servicios de salud, diseño de edificios, áreas verdes o equipamientos comunitarios. No obstante, su efectividad depende en gran medida de cómo estas medidas se diseñan, se implementan y a quiénes alcanzan.

Numerosos estudios muestran que factores como la edad, el género, el nivel de ingresos, el origen migrante y el tipo de vivienda influyen decisivamente en la exposición y vulnerabilidad frente a riesgos climáticos, especialmente al calor extremo. Las personas mayores que viven solas, quienes habitan en viviendas mal acondicionadas o los trabajadores expuestos al aire libre suelen enfrentar mayores riesgos, incluso dentro de un mismo barrio.

Por ello, una adaptación urbana eficaz no puede ser neutra. Requiere incorporar criterios de equidad, priorización territorial y participación social, evitando soluciones universales que ignoren las realidades locales. Aquí es donde el urbanismo y los servicios municipales adquieren un papel clave: son el punto de contacto directo entre la política climática y la vida cotidiana.

 

La planificación urbana y ambiental: una agenda integrada para la adaptación climática

El diseño urbano y la planificación ambiental influyen directamente en las condiciones térmicas de la ciudad y en su capacidad de hacer frente a múltiples riesgos climáticos. En este sentido, la renaturalización del espacio público mediante la incorporación de arbolado, la creación de corredores verdes, y el desarrollo de parques de proximidad se consolidan como estrategias clave de adaptación urbana. Además de reducir significativamente las temperaturas locales y mejorar el confort térmico, estas intervenciones contribuyen a abordar otros desafíos urbanos, como el aumento de la permeabilidad, mejora de la biodiversidad, y el fortalecimiento del tejido social.

Cada vez más ciudades están experimentando con este tipo de intervenciones como parte de enfoques integrales de planificación urbana. En Santiago de Chile, el Programa Bosques de Bolsillo crea pequeños bosques urbanos mediante el método Miyawaki con el objetivo de combatir el calor extremo, la sequía y las inundaciones, al tiempo que mejora la calidad ambiental en barrios densamente urbanizados. Asimismo, ciudades como Santos (Brasil) y Mérida (México) están incorporando jardines de lluvia, rotondas verdes y otras soluciones de drenaje urbano sostenible para mejorar la permeabilidad, reducir inundaciones y avanzar hacia modelos de “ciudad esponja”, integrando la gestión del agua con el diseño del espacio público.

 

De cara a la adaptación climática, el urbanismo y los servicios municipales adquieren un papel clave: son el punto de contacto directo entre la política climática y la vida cotidiana

 

La gestión del agua es, de hecho, otro pilar fundamental de la adaptación urbana. En contextos de creciente escasez hídrica, algunas ciudades están apostando por enfoques innovadores. Madrid, por ejemplo, ha desarrollado una infraestructura y un modelo de gobernanza de agua regenerada, incorporándola como un elemento clave de su estrategia de adaptación frente a la sequía, tanto para usos urbanos como ambientales.

Sin embargo, la distribución de estas soluciones no suele ser homogénea. En muchas ciudades, los barrios con menos recursos cuentan con menos zonas verdes, peor calidad del espacio público y menor acceso a equipamientos adecuados. La adaptación equitativa implica, por tanto, reorientar inversiones y decisiones urbanas hacia las zonas más expuestas y vulnerables, incorporando criterios sociales en la planificación.

 

Soluciones urbanas frente al calor: el papel de los refugios climáticos

Entre las distintas respuestas urbanas al cambio climático, el abordaje del calor extremo se ha convertido en una prioridad creciente. Las olas de calor ya representan el riesgo climático más letal en Europa, especialmente en contextos urbanos densos. En este marco, los refugios climáticos han surgido como una solución clave. Se trata de espacios públicos, interiores o exteriores, que ofrecen condiciones de confort térmico durante episodios de calor extremo. Bibliotecas, centros cívicos, museos, mercados, escuelas, centros deportivos o parques adaptados pueden convertirse en refugios temporales, proporcionando sombra, agua potable, asientos y, en algunos casos, atención básica.

La experiencia de Barcelona, pionera en el desarrollo de una red de refugios climáticos integrada en su infraestructura municipal, demuestra el potencial de activar equipamientos públicos como espacios de protección frente al calor extremo. A partir de ese modelo, los refugios climáticos se han expandido rápidamente por numerosas ciudades de España y Europa y comienzan a replicarse también fuera del continente. En Buenos Aires y Rosario, Argentina, experiencias recientes muestran cómo estos espacios pueden articularse como redes de cuidado urbano, combinando confort térmico con funciones sociales y comunitarias, especialmente en barrios con alta vulnerabilidad.

Al mismo tiempo, el cambio climático está alterando realidades urbanas incluso en lugares que históricamente no se consideraban expuestos al calor extremo. Ciudades del norte de Europa, como Malmö, están desarrollando por primera vez planes específicos de adaptación al calor —como el Malmö Stad Heat Action Plan—, mientras que Bristol impulsa iniciativas como Keep Bristol Cool una estrategia basada en refugios climáticos comunitarios y el fortalecimiento de redes locales para proteger a la población durante episodios de calor.

No obstante, los refugios climáticos no son solo una cuestión de abrir espacios con aire acondicionado. Su efectividad depende de criterios de accesibilidad, proximidad, horarios, comunicación y confianza. Para muchas personas vulnerables, especialmente mayores o migrantes, no basta con que el espacio exista: es necesario que se sientan bienvenidas, seguras e informadas.

 

Las ciudades deben experimentar, evaluar y ajustar sus políticas de forma continua, incorporando la innovación como parte central de la adaptación climática

 

Retos para los municipios: gobernanza, equidad y sostenibilidad a largo plazo

Pese a los avances, la adaptación climática urbana enfrenta importantes desafíos. Uno de los principales es evitar que las medidas se limiten a respuestas reactivas y temporales. El cambio climático exige estrategias estructurales y de largo plazo, integradas en la planificación urbana y en la gestión cotidiana de los servicios municipales.

La gobernanza es un elemento central de este proceso. La coordinación entre departamentos municipales —urbanismo, medio ambiente, servicios sociales, salud, cultura— y la colaboración con actores comunitarios determinan en gran medida el éxito de las medidas de adaptación. Sin una visión integrada, muchas iniciativas quedan fragmentadas o pierden impacto. Al mismo tiempo, es importante reconocer que la adaptación es un proceso dinámico. Las ciudades deben experimentar, evaluar y ajustar sus políticas de forma continua, incorporando la innovación como parte central de la adaptación climática.

Avanzar hacia una adaptación equitativa implica reconocer que no todas las personas parten del mismo punto, y que las políticas urbanas deben responder a estas diferencias. Sin mecanismos claros de priorización social y territorial, incluso las mejores soluciones pueden reproducir desigualdades. La adaptación equitativa requiere datos, pero también escucha activa, participación ciudadana y aprendizaje continuo. Aquellas ciudades que apuesten por soluciones inclusivas, integradas y orientadas al cuidado de las personas estarán mejor preparadas para afrontar los desafíos que vienen, convirtiendo la adaptación climática en un motor de cohesión social y mejora de la calidad de vida, sin dejar a nadie atrás.


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