Sanimobel cabecera
Fabrez Cabecera web

Urbanismo


"La ciudad empieza a ser ciudad cuando hay espacio público"

Entrevista a Salvador Rueda, ecólogo urbano y fundador de la Fundación Ecología Urbana y Territorial (FEUT)


97

Las ciudades se enfrentan hoy a un escenario de creciente complejidad, marcado por retos sociales, ambientales y económicos que ponen en cuestión el modelo urbano heredado y obligan a repensar cómo planificamos y gestionamos nuestros entornos urbanos. En este marco, el urbanismo ecosistémico se plantea como un cambio de paradigma que sitúa a las personas y a las leyes de la naturaleza en el centro de la planificación.

Salvador Rueda, ecólogo urbano y fundador de la Fundación Ecología Urbana y Territorial, es uno de los principales impulsores de este enfoque y una de las voces más influyentes en el debate sobre el futuro de las ciudades. Con una amplia trayectoria vinculada a la planificación urbana, la movilidad y el desarrollo del modelo de supermanzanas, ha contribuido de forma decisiva a introducir una visión sistémica y basada en la evidencia en la política urbana. En esta conversación, Rueda ofrece un diagnóstico crítico del modelo urbano dominante, analiza las principales disfunciones que afectan hoy a las ciudades y apunta las claves para avanzar hacia entornos urbanos más habitables, sostenibles y resilientes en la próxima década.

A lo largo de su trayectoria ha desarrollado el concepto de urbanismo ecosistémico. Para situarnos, ¿desde qué diagnóstico de la ciudad actual parte este modelo y cuáles son, desde su punto de vista, las principales disfunciones del modelo urbano dominante?

El urbanismo ecosistémico parte del análisis de las principales disfunciones que presentan hoy los sistemas urbanos, tanto a escala local como desde una perspectiva global. Nos encontramos en un momento absolutamente singular desde el punto de vista histórico, en el que las ciudades acumulan un conjunto muy amplio de problemas internos, a los que se suman grandes impactos globales como el cambio climático o la explosión demográfica en determinados territorios.

En el ámbito urbano, hablamos de cuestiones directamente relacionadas con el funcionamiento de las ciudades: la segregación social, la fuerte dependencia del transporte motorizado para acceder a los lugares, los procesos de dispersión urbana sobre el territorio, la morfología urbana o la propia configuración del espacio público, que en muchos casos resulta inadmisible. A ello se añade la ausencia de biodiversidad, los elevados niveles de impacto sobre el entorno urbano y la emisión de gases de efecto invernadero. Todo ello pone de manifiesto que el modelo urbano vigente presenta importantes limitaciones para dar respuesta a los retos actuales.

A estas disfunciones internas se suman, además, los grandes impactos globales que estamos viviendo y que incrementan de forma notable el nivel de incertidumbre al que se enfrentan nuestras ciudades. Fenómenos extremos como los grandes incendios o las lluvias torrenciales, con una intensidad y una recurrencia hasta ahora desconocidas en nuestras latitudes, son ejemplos claros de ello. Se trata de episodios con consecuencias devastadoras que evidencian que el rumbo actual no solo no corrige los impactos, sino que los está intensificando.

 

“El rumbo actual no solo no corregirá los impactos, sino que los está intensificando”

 

¿Hasta qué punto la forma en que hemos organizado y planificado las ciudades es responsable de esta situación?

La responsabilidad es clara. La forma en que organizamos nuestras ciudades y cómo funcionan es uno de los factores principales que explican esta situación. Si no modificamos ese modelo, sencillamente no hay futuro. El urbanismo es el instrumento de transformación que permite abordar tanto los grandes retos como los problemas cotidianos que tenemos sobre la mesa.

A lo largo de la historia, el buen urbanismo ha sido aquel que ha sabido dar respuesta a los grandes problemas de su tiempo. Ya lo hizo Cerdá, respondiendo a los retos higiénicos y a la necesidad de adaptar la ciudad a la revolución industrial. Más tarde, el movimiento moderno también buscó acomodar la ciudad industrial y mejorar las condiciones de vida, pero lo hizo a partir de una propuesta muy simplificada basada en la separación de usos y funciones, que constituye lo que denomino el “pecado capital” del urbanismo moderno y está en el origen de muchas de las disfunciones actuales.

 

“La separación de usos y funciones constituye el gran ‘pecado capital’ del urbanismo moderno y está en el origen de muchas de las disfunciones actuales”

 

Hoy el escenario parece mucho más complejo. ¿Qué aporta el urbanismo ecosistémico frente a ese legado y por qué sigue siendo un modelo válido para afrontar los retos actuales?

La situación actual es infinitamente más compleja que la que afrontaron los urbanistas del pasado y pone de manifiesto los déficits del modelo urbano vigente y de la forma en que hemos organizado nuestras ciudades. En este contexto, el urbanismo ecosistémico se plantea como una respuesta integral que sitúa en el centro de la planificación a las personas y a las leyes de la naturaleza, y que no solo propone soluciones, sino también herramientas para evaluarlas de manera objetiva y comprobar si realmente reducen las disfunciones y los grandes impactos.

Por ello, incorpora un sistema de certificación del urbanismo ecosistémico, que permite valorar las realidades urbanas y saber si se avanza en la dirección adecuada ante unos retos que hoy son globales, complejos y profundamente interrelacionados, y que exigen un cambio de paradigma en la forma de planificar y gestionar las ciudades.

 

“No se trata solo de plantear soluciones, sino de disponer de herramientas que permitan evaluar de manera objetiva si esas soluciones reducen las disfunciones y los grandes impactos”

 

En este cambio de paradigma que plantea el urbanismo ecosistémico, usted concede un papel central al espacio público. ¿Por qué es tan determinante en la construcción de ciudad?

Si queremos proyectar las ciudades hacia el futuro, lo primero es decidir si estamos planificando para hacer ciudad o para seguir extendiendo suburbios. La tendencia dominante ha sido la creación de tejidos dispersos, con edificaciones mayoritariamente unifamiliares y conectados por infraestructuras pensadas casi exclusivamente para el coche, que generan espacios urbanizados pero no verdadero espacio público.

La ciudad empieza a serlo cuando existe espacio público y cuando se concentra una cantidad suficiente de población y de actividades en un mismo lugar, dando lugar a la “Casa Común”, el ámbito donde confluyen los intereses de la ciudadanía y cuya gestión corresponde a los municipios. Sin embargo, hoy hemos abandonado esa idea de “Casa Común” y se la hemos entregado al coche y a la movilidad motorizada, hasta el punto de que entre el 60 y el 65 % del espacio urbano se destina a la circulación y al aparcamiento de artefactos que no responden a las características humanas y que dificultan cualquier otro uso del espacio público.

Ese dominio del coche marca el modelo urbano actual y tiene múltiples consecuencias. Desde su experiencia, ¿por qué la movilidad se ha convertido en un factor crítico en las ciudades?

La movilidad basada en el coche es el sector que más disfunciones genera hoy en la ciudad, al concentrar la mayor parte de la contaminación atmosférica y acústica, los accidentes, el consumo energético, las emisiones de gases de efecto invernadero y una ocupación masiva e ineficiente del espacio público. A ello se suman importantes disfunciones económicas. Cuando el sistema alcanza determinados niveles de saturación, se produce el colapso: congestión del tráfico, pérdida de horas laborales y un impacto muy negativo tanto en la economía como en la salud pública.

En el caso de Barcelona, estudios realizados junto con ISGlobal y otras instituciones muestran que la implantación del modelo de supermanzanas permitiría evitar 667 muertes prematuras al año y decenas de miles de episodios de enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Desde el punto de vista económico, supondría además un ahorro de gasto público estimado en 1.700 millones de euros anuales, frente a un coste de implantación de unos 300 millones de euros en todo el proceso, es decir, alrededor de 30 millones anuales si se ejecutara en diez años, lo que evidencia la profunda ineficiencia del modelo actual.

 

“La movilidad basada en el coche es el sector que más disfunciones genera hoy en la ciudad”

 

¿De qué manera el modelo de supermanzanas permite recuperar el espacio público y mejorar las condiciones ambientales, sociales y funcionales de la ciudad?

Si el espacio público es el elemento que define a la ciudad, el problema actual es que sus variables de entorno —ruido, contaminación atmosférica y calidad ambiental— están completamente descontroladas, a diferencia de lo que ocurre en los ecosistemas naturales, donde la evolución conduce a regular esas variables para generar habitabilidad y biodiversidad. Esta situación responde a unos objetivos urbanos mal planteados, lo que hace imprescindible repensar el modelo de movilidad.

 

El modelo de supermanzanas permite liberar entre el 70 y el 85 % del espacio actualmente dedicado a la movilidad motorizada y destinarlo a usos sociales, ambientales y comunitarios, sin necesidad de demoler viviendas y con una presión mínima sobre el funcionamiento de la ciudad.

 

El modelo de supermanzanas, que propongo desde 1987, permite liberar entre el 70 y el 85 % del espacio hoy dedicado a la movilidad motorizada y destinarlo a otros usos, priorizando al peatón incluso en calles compartidas. En Barcelona, una reducción del 15 % del tráfico permitiría liberar el 70 % del espacio público, peatonalizar más de 2.500 calles y recuperar cerca de siete millones de metros cuadrados sin demoler viviendas, mediante un simple rediseño de las redes. Sería el mayor proyecto de reciclaje urbano del mundo.

 

"El modelo urbano vigente presenta importantes limitaciones para dar respuesta a retos como la segregación social, la dependencia del transporte motorizado, la degradación del espacio público, la pérdida de biodiversidad y los impactos derivados del cambio climático"

 

El objetivo, por tanto, no es planificar el espacio público para los peatones sino para los ciudadanos —un peatón es un modo de transporte, un ciudadano es bastante más— y para el desarrollo de sus actividades sociales, culturales y comunitarias, recuperando así la función del espacio público como ágora: lugar de encuentro, convivencia y expresión colectiva.

Un ciudadano lo es en la medida en que puede ejercer en el espacio público no solo su derecho al desplazamiento, sino también los derechos al intercambio social, la cultura, el arte y el debate. En este sentido, las supermanzanas funcionan como células urbanas de entre 400 y 500 metros, en las que el perímetro mantiene la conectividad para vehículos y mercancías, mientras que el interior se destina prioritariamente al contacto social, generando espacios pacificados que operan como un pequeño pueblo dentro de la gran ciudad.

 

“El objetivo no es planificar el espacio público para los peatones, sino para los ciudadanos”

 

En muchos municipios no se trata tanto de planificar nuevos desarrollos como de intervenir sobre ciudades ya consolidadas. ¿Cómo pueden aplicarse los principios del urbanismo ecosistémico en procesos de regeneración urbana que garanticen accesibilidad, seguridad y sostenibilidad en el espacio público?

Toda propuesta urbanística afecta al conjunto de la ciudad, pero los procesos de transformación deben iniciarse por el espacio público, ya que es donde los costes permiten una regeneración más sustantiva del sistema y donde se actúa directamente sobre el sector que más impactos genera hoy: la movilidad. Por ello, el primer paso debe ser transformar el espacio público y el modelo de movilidad a partir del modelo de supermanzanas.

En la regeneración de la ciudad ya construida —a través de los planes generales y las distintas figuras de planificación del marco normativo estatal y autonómico— es imprescindible incorporar de forma explícita los principios del urbanismo ecosistémico y un sistema de evaluación que permita comprobar que las propuestas resuelven los problemas existentes y no los crean o multiplican. Esto exige modificar los actuales instrumentos de planificación para integrar desde el inicio procesos estratégicos de transformación, que después se consoliden mediante una propuesta de urbanismo estructural en la que las calificaciones del suelo estén previamente vinculadas a esa estrategia.

En definitiva, es necesario recuperar el urbanismo como instrumento de transformación orientado a reducir las disfunciones y los grandes impactos. De no hacerlo, seguiremos arrastrando un problema estructural cuyas consecuencias ya estamos pagando y que recaerán, sobre todo, en las generaciones futuras. Quienes han vivido situaciones catastróficas no necesitan grandes explicaciones para entenderlo. El infierno no hace falta buscarlo en otro lugar distinto al que habitamos.

 

En este proceso de transformación del urbanismo y de la planificación urbana, ¿qué papel deberían desempeñar los datos y los indicadores urbanos en la toma de decisiones urbanísticas y en la gestión de los servicios municipales?

Debemos incorporar lo bueno y lo mejor de nuestra era, que es la nueva era digital. Si hoy tenemos la capacidad de objetivar, evaluar y simular aquello que proyectamos, no tiene ningún sentido no hacerlo. Al final, la planificación existe para modificar tendencias; si no es así, carece de sentido planificar. Esa modificación de tendencia exige saber exactamente en qué escenario nos estamos situando. Para ello, es imprescindible conocer, con números y datos, cuáles son las consecuencias de las propuestas que formulamos en todos los ámbitos y evitar enfoques intuitivos que hoy resultan inaceptables.

El urbanismo ecosistémico incorpora instrumentos que permiten definir y evaluar esos escenarios, comprobar si reducen las disfunciones y los impactos, y verificar su capacidad de adaptación al cambio climático. Desde esta perspectiva, el urbanismo debe aproximarse a la forma de pensar científica y apoyarse en un conocimiento profundo e integrado, ya que estamos interviniendo sobre la realidad más compleja creada por las personas: sus ciudades. La falta de integración del conocimiento explica, en buena medida, los problemas urbanos actuales.

 

“El urbanismo moderno debe aproximarse a la forma de pensar científica, porque está abordando la realidad más compleja creada por los seres humanos: sus ciudades”

 

Desde su experiencia, ¿cuáles son las principales barreras —institucionales, normativas u organizativas— que dificultan avanzar hacia modelos urbanos más sostenibles? ¿Qué claves considera fundamentales para que los ayuntamientos, especialmente los pequeños y medianos, puedan abordar estos procesos de forma transversal?

Si la organización es la que es, será por alguna razón. Lo más complejo no es tanto identificar las barreras visibles, sino entender las razones profundas que hay detrás de por qué se planifica de este modo. La planificación urbana está directamente vinculada al suelo y a sus propietarios, que son de naturaleza muy diversa, algunos de los cuales concentran un gran poder de influencia y cuentan con mecanismos para condicionar decisiones. Como resultado, los instrumentos de planificación están fuertemente mediatizados por intereses económicos y políticos, un contexto que no tiene nada que ver con la resolución real de los problemas urbanos y que no es exclusivo de España.

En este escenario, la clave para los ayuntamientos —especialmente los pequeños y medianos— pasa por disponer de buenos equipos técnicos que puedan asesorar sin intereses. Equipos capaces de plantear cómo transformar, de cara al futuro, las realidades urbanas y territoriales de forma integrada, con el doble objetivo de resolver los problemas existentes y mejorar las condiciones de vida de la población. Se trata de profesionales al servicio de las personas, que trabajen desde una posición de igualdad y con una visión global, conscientes de que los impactos urbanos afectan tanto al municipio como a los sistemas globales que compartimos.

 

“La clave para los ayuntamientos, especialmente los pequeños y medianos, es disponer de equipos técnicos que asesoren sin intereses económicos ni políticos”

 

Para concluir con una mirada al futuro, ¿qué errores considera prioritario evitar en las políticas urbanas y qué tipo de ciudades deberíamos estar construyendo hoy para dar respuesta a los retos que hemos abordado de cara a la próxima década?

Hoy ya no es suficiente con proyectar un futuro mejor o formular un nuevo paradigma de la planificación urbana. Además de mejorarlo, existe la obligación de garantizarlo y hacerlo viable en el largo plazo. Es urgente modificar los instrumentos de planificación y cambiar el marco normativo en el que están instaladas actualmente las reglas del juego del urbanismo en España, ya que sin ese cambio resulta prácticamente imposible avanzar de forma efectiva. Junto a ello, los procesos de transformación urbana deben incorporar mecanismos de democracia participativa real que permitan superar decisiones concentradas en unos pocos y a menudo condicionadas por intereses.

No se trata de una cuestión ideológica, sino de que nos estamos jugando el futuro, que dependerá de lo que hagamos a partir de ahora en nuestras ciudades. A grandes problemas, grandes remedios. Dicho esto, reconozco que soy bastante pesimista si analizamos con rigor lo que se nos viene encima, especialmente en un contexto marcado por un creciente sesgo autoritario que amenaza con vaciar de contenido muchas de las propuestas y reflexiones que estamos planteando.


97

Noticias relacionadas


EN PORTADA