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Medio Ambiente


Del residuo al recurso: las claves del modelo guipuzcoano

Gipuzkoa ha duplicado en una década la recogida selectiva de materia orgánica mediante un sistema que combina accesibilidad, sensibilización e infraestructuras avanzadas de tratamiento

Del residuo al recurso: las claves del modelo guipuzcoano
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Un artículo de José Ignacio Asensio. Teniente de Diputada General y diputado de Sostenibilidad de la Diputación Foral de Gipuzkoa


 

La combinación de una buena recogida selectiva, campañas de sensibilización ciudadana e infraestructuras modernas de tratamiento y valorización ha permitido duplicar la recogida del orgánico y situar a Gipuzkoa entre los territorios europeos más avanzados en gestión de residuos.

La gestión de los residuos es uno de los mejores indicadores del compromiso ambiental de una sociedad. No sólo porque afecta a la vida cotidiana de nuestros hogares, comercios o municipios, sino porque exige combinar planificación, inversión, innovación y, sobre todo, implicación ciudadana. En Gipuzkoa hemos aprendido que los mejores resultados se consiguen precisamente cuando esos cuatro elementos avanzan de la mano.

Durante mucho tiempo, el debate sobre la recogida del biorresiduo estuvo centrado en los distintos modelos de recogida. Sin embargo, la experiencia de la última década nos ha demostrado que la clave del éxito no está únicamente en cómo recogemos los residuos, sino en construir un sistema integral que combine una recogida accesible, la implicación de la ciudadanía y unas infraestructuras modernas capaces de transformar los residuos en nuevos recursos.

 

En diez años Gipuzkoa ha duplicado la recogida selectiva de materia orgánica, pasando del 29% en 2015 al 60% actual

 

Y los datos son el mejor ejemplo. En diez años Gipuzkoa ha duplicado la recogida selectiva de materia orgánica, pasando del 29% en 2015 al 60% actual. Un dato especialmente significativo porque, mientras hace una década el sistema de recogida puerta a puerta (PAP) estaba implantado en aproximadamente el 18% del territorio, hoy su presencia es residual, en torno al 6%. Y lejos de disminuir, la recogida del orgánico se ha duplicado gracias al despliegue del contenedor marrón, a una amplia red de islas de contenedores, a las campañas de sensibilización y a la consolidación de unas infraestructuras modernas de tratamiento.

 

Más allá del modelo de recogida: facilitar la participación ciudadana

La primera conclusión es clara: la ciudadanía responde cuando se le ponen las cosas fáciles, cuando el sistema es sencillo, cercano y accesible. La sostenibilidad no puede basarse en complicar el día a día de las personas. Contar con puntos de recogida próximos a los hogares, suficientes y bien distribuidos facilita que separar los residuos forme parte de la rutina cotidiana.

Pero igual de importante ha sido explicar para qué sirve ese esfuerzo. Cuando la materia orgánica representa cerca de la mitad de los residuos que generamos en nuestros hogares, comprender el valor de su correcta separación resulta determinante para el éxito del conjunto del sistema. De hecho, separar correctamente el orgánico en casa es, probablemente, el gesto cotidiano con mayor impacto ambiental que puede realizar cualquier persona.

Por eso durante estos años hemos desarrollado un importante trabajo de sensibilización. Porque separar correctamente empieza por entender que el residuo orgánico no termina su recorrido cuando sale de casa. Al contrario, inicia un nuevo ciclo.

 

Del residuo al recurso: compost, energía y gas renovable

Hoy recogemos alrededor de 55.000 toneladas de biorresiduos al año, unos 77 kilos por habitante. De ellas, aproximadamente 10.000 toneladas se transforman en compost para uso agrícola y las 45.000 toneladas restantes se valorizan en el Complejo Medioambiental de Gipuzkoa mediante procesos de biometanización, produciendo energía renovable.

 

La clave del éxito no está únicamente en cómo recogemos los residuos, sino en construir un sistema integral que combine recogida, implicación ciudadana e infraestructuras modernas

 

Muy pronto además daremos un paso más con la puesta en marcha en el Complejo Medioambiental de una innovadora unidad de upgrading, que transformará los residuos orgánicos en gas verde 100% renovable para inyectarlo en la red general de gas.

Es decir, aquello que cada familia separa en su cocina acaba convertido en fertilizante, electricidad y gas renovable. Y eso es importante que la ciudadanía lo sepa.

Precisamente ahí, además, reside otra de las fortalezas del modelo guipuzcoano: disponer de infraestructuras capaces de aprovechar todo el valor de la materia orgánica. Porque separar correctamente solo tiene sentido si después somos capaces de transformar esos residuos en nuevos recursos.

 

Un modelo que supera los objetivos europeos

Gracias a esa combinación entre recogida selectiva e infraestructuras, Gipuzkoa se ha situado entre las regiones europeas más avanzadas en gestión de residuos. Nuestra tasa de recogida selectiva alcanza el 60%, más del doble de la media española, mientras que la tasa de reciclaje ronda ya el 55%, superando ampliamente la media estatal y cumpliendo los objetivos marcados por la normativa europea.

Estos resultados no hablan únicamente de reciclaje. No son sólo cifras de gestión de residuos. Hablan también de política climática.

 

Reciclar materia orgánica también es acción climática

Cuando la materia orgánica acaba en un vertedero genera emisiones de metano, uno de los gases de efecto invernadero con mayor impacto sobre el calentamiento global, veinte veces más contaminante que el dióxido de carbono. Evitar ese destino significa reducir emisiones, producir energía renovable y disminuir la dependencia de combustibles fósiles. Cada tonelada de materia orgánica correctamente separada contribuye de forma directa a la descarbonización y a la lucha contra el cambio climático, generando además nuevos recursos.

Esa es la verdadera dimensión ambiental del pequeño gesto cotidiano que realizan miles de familias en Gipuzkoa.

 

Nuestra tasa de recogida selectiva alcanza el 60%, más del doble de la media española, mientras que la tasa de reciclaje ronda ya el 55%

 

Y ese es precisamente otro elemento clave que explica el éxito alcanzado: la corresponsabilidad. La ciudadanía responde cuando entiende que su esfuerzo tiene un resultado tangible. Cuando percibe que las administraciones responden con transparencia, inversiones y servicios de calidad. Por eso, en el Consorcio de Residuos de Gipuzkoa hemos aprobado una tarifa diferenciada entre la fracción orgánica y la fracción resto, premiando a quienes realizan correctamente la separación de residuos. Es una medida justa, que reconoce el compromiso ambiental de la ciudadanía y contribuye a mejorar el conjunto del sistema.

Porque si algo hemos aprendido es que la gestión de los residuos no puede abordarse únicamente desde una perspectiva técnica. Es una política pública integral. Consiste en generar confianza, crear hábitos y ofrecer soluciones útiles. Explicando a la ciudadanía lo que hacemos, cómo lo hacemos, porqué y sobre todo para qué. Facilitando su participación y proporcionando infraestructuras que permitan hacer las cosas bien.

 

Una década de transformación y nuevos retos

Así, en apenas una década hemos pasado de entender los residuos como un problema a convertirlos en una oportunidad.  Hoy en Gipuzkoa el biorresiduo se convierte en compost, energía renovable y, muy pronto, en gas natural; hemos reducido al mínimo su vertido y hemos situado la economía circular como una de las palancas de la competitividad y la transición ecológica en el territorio.

Por eso cuando hablamos del éxito del modelo guipuzcoano no hablamos sólo de porcentajes de reciclaje. Va mucho más allá. Hablamos de una transformación profunda del modelo de gestión de residuos.

 

La gestión de los residuos no puede abordarse únicamente desde una perspectiva técnica. Es una política pública integral

 

Y somos conscientes de que todavía quedan retos importantes por delante. Debemos seguir avanzando en prevención, tenemos que seguir reduciendo la generación de residuos y mejorar la calidad de la recogida selectiva. Pero los resultados obtenidos y la experiencia acumulada durante estos años nos dicen que vamos en la dirección correcta.

En Gipuzkoa hemos demostrado que la materia orgánica no es un problema que gestionar, sino un recurso estratégico que aprovechar. Ese cambio de mirada nos ha permitido reciclar más, reducir emisiones, producir energía renovable y avanzar hacia una economía más circular, más competitiva y con mayor autonomía en el aprovechamiento de los recursos.

Una recogida accesible, una ciudadanía comprometida y unas infraestructuras capaces de cerrar el círculo; Ese es el verdadero éxito del modelo guipuzcoano.


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